En el marco del Día Internacional de Concientización sobre las Pérdidas y el Desperdicio de Alimentos, que se conmemoró ayer, Cáritas Argentina y el área de Ecología Integral de la Comisión Episcopal de Pastoral Social (CEPAS) difundieron una declaración en la que llaman a revisar las prácticas de producción, consumo y descarte de alimentos.
Con el lema “Tuve hambre y ustedes me dieron de comer”, el documento parte de una realidad que consideran difícil de dimensionar: en Argentina se pierden y desperdician alrededor de 16 millones de toneladas de alimentos cada año. En 2025, en tanto, se rescataron poco más de 20,5 millones de kilos de alimentos, equivalentes, según la estimación nacional, a unos 61,6 millones de platos.

“Son números enormes. Pero detrás de ellos hay algo mucho más pequeño y concreto: una persona, una familia, una mesa, un alimento que alguien produjo con trabajo y que alguien más podría necesitar”, señalan.
La declaración advierte que cuando se desperdicia comida no solo se pierde el alimento, sino también “el agua que hizo posible producirla, la tierra, la energía, el trabajo de tantas personas, el transporte, el esfuerzo, el dinero y las oportunidades que existen detrás de cada alimento”.
Cáritas y Pastoral Social plantean que el desperdicio de alimentos no explica por sí mismo el hambre, que tiene “causas económicas, sociales y estructurales mucho más complejas”. Sin embargo, consideran que tampoco es posible permanecer indiferentes ante la coexistencia del descarte de alimentos y las dificultades de muchas personas para acceder a una alimentación suficiente y saludable.
“Esta cuestión no debería ser solamente ambiental. Es una cuestión social, económica, humana y también espiritual”, sostienen.
En ese sentido, el documento recupera enseñanzas del papa León XIV en Magnifica humanitas, donde se plantea la necesidad de revisar las estructuras que organizan la convivencia y de colocar en el centro a las personas en situación de mayor vulnerabilidad, desde una perspectiva de dignidad, bien común, solidaridad y cuidado de la Casa común.
La reflexión propone trasladar esos criterios a la relación con los alimentos y formula varias preguntas: “¿Qué sentido tiene producir más si primero no aprendemos a perder menos?” y “¿Qué sentido tiene hablar de cuidado de la Creación si desperdiciamos los bienes naturales que hicieron posible cada alimento?”.
Prevenir, recuperar, aprovechar y compartir
Frente a la pregunta habitual sobre qué hacer con los alimentos que sobran, la declaración propone formular otra: “¿Qué podemos hacer para que sobre menos?”.
El texto enumera acciones posibles: “Prevenir. Optimizar. Recuperar. Aprovechar. Compartir. Transformar”. Y plantea responsabilidades diferenciadas para los distintos actores sociales.
Las empresas pueden revisar sus procesos; los mercados, mejorar los mecanismos de recuperación; los productores, buscar destinos alternativos para alimentos sin salida comercial; las organizaciones comunitarias, transformar alimentos recuperados en herramientas de autogestión; las universidades, medir y generar conocimiento; y el Estado, establecer condiciones y políticas públicas.
También los medios de comunicación son convocados a mantener vigente la conversación sobre el problema.
A nivel personal, la declaración invita a revisar “la manera en que compra, cocina, consume y valora los alimentos”. “Valorar un alimento también es valorar a quien lo produjo, a quien trabajó para que llegara hasta nosotros, los recursos de la tierra que lo hicieron posible y a la persona que podría necesitarlo”, afirma.